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Yo vengo pronto, pronto, pronto

Estamos formados desde hace apenas unos momentos, aunque tal vez solo sea un entrenamiento más, pero es casi la hora de la cena y se puede decir que no es “habitual”, ya que el sonido de la trompeta que nos convocó tuvo un tono muy particular que normalmente no se escucha, a lo lejos se observa que el Rey Jesús habla con el arcángel Miguel, ¿será que habrá alguna novedad o solo se trata de ciertas instructivas especiales para nuestro entrenamiento?. Con una reverencia ante el Rey, Miguel da un par de pasos hacía atrás y se marcha de Su presencia en dirección a nosotros; los ángeles formados en el patio principal del reino.

El arcángel Miguel se acerca y nos dice que el día ha llegado, que en “un par de minutos saldremos”; mientras que el equipo de elite, ubicados en la primera línea de la formación se retira hacía el “carro de fuego nodriza”, la cual es una nave de gran tamaño en donde pueden ingresar miles de pasajeros, casi nunca la usamos, pero en esta ocasión será un viaje especial, porque traeremos a muchos de los hijos de Dios, que llegarán acá sin conocer la muerte, no sin antes que los que murieron en Cristo sean resucitados primero.

Esto no es un simulacro, en el ambiente se respira gran emoción, además de un inusual aroma que llega hasta nosotros, es la más agradable y apetitosa comida que jamás he olido, pero obvio; es la cena de bienvenida que Dios le ofrecerá a Sus hijos fieles y no podía ser para menos. El clima que se vive es de fiesta mezclado con una gran dosis de emoción, pues hemos entrenado por mucho tiempo para esto y por la eternidad se habló, que este momento llegaría y ahora estoy aquí esperando.

Me entregan un sobre, con el nombre de una persona que no conozco, pero su imagen y las coordenadas de su actual ubicación en la tierra, harán que mi trabajo sea ejecutado sin error alguno, ¡quien lo diría, tengo el nombre de un salvo por la misericordia de Dios! y este nombre, no lo sabía ni uno solo de nosotros de antemano, porque la palabra de Dios, dice que Sus hijos en la tierra, deberían cuidar su salvación hasta el último momento y hablando de ello, observo que muchos compañeros se retiran de la formación, porque sus sobres no les fueron entregados, esos son los hijos de Dios que en el último instante perdieron el regalo que nuestro Señor les daba, que cosa tan absurda, hay muchas moradas que fueron terminadas de construirse aquí, que quedarán vacías, porque se perdieron el viaje hacía el Paraíso, hay muchos que no serán salvos.

La hora ha llegado y la hora es

Desde los cielos se escucha un estruendo, es la voz de Dios que irrumpe cual sonido de trueno y dice: “lleven a los santos que viven en Cristo, hasta la tierra, porque les será provisto un cuerpo incorruptible y eternal, para que se preparen para la gran cena del Cordero”. En ese momento abordan miles de almas, que a lo largo de la historia de la humanidad fueron llegando al “Cielo” y que han aguardado pacientemente este gran momento. Una vez todos abordo del vehículo nodriza, parten raudos hacia la tierra, ahora solo es cuestión de esperar un poco, para verlos regresar con un cuerpo transformado.

Una destellante luz baja hacia el trono del Rey Jesús, el silencio es impresionante, todos tienen la mirada puesta a lo lejos, en el trono del Hijo de Dios y claro que sabemos que estamos observando una conversación privada entre el Hijo y el Padre. Momentos después la luz regresa hacia el cielo y vemos levantarse de Su trono al Rey Jesús y se acerca a nosotros, se detiene a un lado de la inmensa formación de ángeles y espera el regreso de la nave, la cual hace su aparición en el firmamento. Dios nos mira con Su acostumbrado y apacible amor y nos dice: “hablé con Mi Padre y acaba de ordenar que salgan hacia la tierra y traigan a los salvos”. Empezamos rápidamente el abordaje y cuando estamos listos para partir hacia el planeta de los hijos de Dios; la tierra, el Rey Jesús ordena que suban más ángeles, no solo aquellos que abandonaron las filas hace pocos momentos, sino aún más, los de las reservas, una vez todos dentro, Jesús se ubica en la sala de mandos y nos dice que Dios Padre, le dijo que incluyera a los reservistas, pues tal vez algunos hijos de El, se arrepientan de sus pecados en el último momento.

El arrebato de la iglesia

El mundo ya está hablando de “fantasmas” en la tierra, de “almas en pena”, pues dicen que han visto gente que murió hacía años por breves momentos y que luego se les ha observado ascender hacia el cielo, los noticieros del mundo no dejan de hablar de ello, toda esta información llega hasta nuestras mentes desde el Padre, ahora nos hemos ubicado sobre las nubes, las que no dejan ver el vehículo en el que estamos, a los que habitan allá abajo, solo esperamos la voz de Dios Padre para actuar. La puerta principal se está abriendo, corre un viento extraño, bastante helado, hasta los cielos de la tierra han entrado en tensión, es un día de sol, pero las gruesas capas de nubes grises le dan un color pálido al día, por alguna razón el clima no es el mejor, hay truenos y rayos que golpean a esta convulsionada tierra. El viento que penetra en la nave y estremece nuestras alas y nuestras ropas, que son agitadas con violencia. Dios da una última orden y se les entrega a miles de ángeles los sobres que contienen los nombres de los que se arrepintieron en la última hora, todos ellos serán los nuevos pasajeros que nadie esperaba. Dios les dice a otros cientos de ángeles más, que abandonen las filas, porque el tiempo se ha acabado y algunos en la tierra perdieron su oportunidad de alcanzar la salvación, en ese momento Dios Padre nos dice: “salgan hacia la tierra, a cumplir Mi promesa, traigan a Mis hijos e hijas, no dejen a nadie”, mientras hay un llanto que nos perturba, un llanto que viene desde dentro de la nave, tal vez sea uno de nosotros que no irá porque alguien perdió su salvación, el llanto se vuelve desgarrador y penetrante; ¿quién es?, ¿quién llora así?; nosotros no lloramos jamás, pues en el Cielo no hay lágrimas ni dolor, ¿quién llora de ese modo?; al observar mejor veo que se trata del Rey Jesús, que luce arrodillado y llorando desconsoladamente, por aquellos que no llegarán a El y que sufrirán la gran tribulación que se avecina y, lo peor que en muchísimos casos terminarán llegando al lago de fuego, algunos de nosotros viajan en grupos para llevarse a familias enteras, cada uno cargará con un alma, sin embargo yo viajo solo hacia mi destino, será una misión muy triste, porque una familia quedará separada, pues solo uno, le fue fiel a Dios en mi caso.

En las nubes

Al salir de la nave, el cielo se oscurece aún más, casi parece de noche, pero es medio día en esta parte del planeta, al llegar a un punto de la ciudad nos dispersamos, para ubicarnos en los lugares en donde se encuentran los salvos, mientras estas cosas ocurren, lo aquí narrado, pareciera que hubieran transcurrido muchas horas desde el inicio de esta historia, pero solo es la explicación de “un par de minutos humanos”, puesto que aquí no nos medimos por tiempo, sino por otros ciclos distintos que van acorde a la eternidad que vivimos. Lo triste de este relato, es que tuve que llevarme a una sola persona de una gran familia, en el momento que estaban a la mesa durante su almuerzo, no sé qué habrá pasado después con los que se quedaron, pero me imagino, porque el clamor del mundo entero, se podía escuchar hasta las nubes, los llantos, los gritos y la histeria colectiva estremecían las estructuras mismas del carro de fuego. La tierra ahora llora y se arrepiente, pero ya es muy tarde.

Abordo

Una vez todos dentro de la nave, Jesús le da la bienvenida a Su novia y le da consuelo también, muchos caen de rodillas ante El, otros se muestran consternados, hay otros tantos que se mantienen casi al final del gran salón, al lado de las paredes sin saber qué decir o cómo reaccionar, pues a pesar de haber esperado este momento, no se imaginaban las cosas con este indefinido realismo y, el Rey, les extiende sus brazos y les dice que la paz sea con todos, que han sido elegidos por Su Padre para participar de la gran cena preparada en ocasión de su bienvenida al Paraíso de Dios. Algunos cantan, otros no se despegan de las manos del Rey, otros más, miran por las ventanas que da hacia afuera, para tratar de ubicar el mundo que dejan atrás en la oscuridad inconmensurable del cosmos, pero es inútil, solo hay puntos de luz indistinguibles. El gran salón muestra una multitud de santos en apariencia incontables, que atiborran la nave.

Durante este corto viaje, les explicamos qué deben de hacer al llegar al “Cielo”, que es más que un planeta, el cual se encuentra ubicado en un punto profundo del universo, invisible a los ojos del hombre. El nuevo cuerpo con el que han sido revestidos, no cuenta con glándulas lagrimales, por ello no pueden llorar, ya que en el Paraíso no hay más llanto, además todos lucen jóvenes con la apariencia de tener alrededor de 25 años. Muchos miembros de familia se encuentran durante su viaje y otros no, además de todo, les ha sido difícil reconocerse por los cambios físicos que han experimentado, esto no tiene nombre para ellos, pero forma parte del mundo indescriptible y lleno de placeres que Dios ha creado para aquellos que lo aman, es algo que jamás han experimentado en sus vidas, ni forman parte de la experiencia humana a lo largo de su corta historia en la tierra. Ya al llegar a Casa, en medio del gran patio central del reino de Dios, El Rey Jesús les habla y les dice: “regocijaos que al reino de Dios han llegado y siéntense a la mesa que la cena está servida, hoy es fiesta en los Cielos”.

Este es el comienzo del final de la historia humana y el inicio de la vida eterna, para aquellos que cuidaron su salvación con temor y temblor y que supieron cargar su cruz a lo largo de sus días en la tierra. ¡Gloria a Dios!.

Por:
Ricardo Salazar                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                         “el Pastor de Japón”

 

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